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El líder, una especie en peligro de extinción

Publicado en Dossier Opinión
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Por Eduardo Pérez (*)

 

 

El liderazgo político o empresarial exige algunos requisitos imprescindibles de la persona que lo asuma: ser carismático, emprendedor, proactivo y democrático. De ahí que  toda empresa que se precie, debe contar con líder que reúna una serie de habilidades gerenciales o directivas para desarrollar un programa preestablecido por la organización a la que representa. Y de su capacidad para tomar iniciativa, motivar y gestionar a su personal sobre la base de una adecuada coordinación, dependerá la eficiencia y profesionalidad del trabajo de equipo.

 

Comencemos analizando que entendemos por Liderazgo. Según el Diccionario de la Real Academia Española: “Es la situación de superioridad en que se halla una empresa, un producto o un sector económico, dentro de su ámbito”. Por su parte, el diccionario de Ciencias de la Conducta plantea que: “Son las cualidades de personalidad y capacidad que favorecen la guía y el control de otros individuos”. No voy a debatir si la mayoría de los expertos coincide o no con estas definiciones dadas por la Real Academia y el Diccionario de Ciencias de la Conducta, solo deseo agregar que el origen etimológico de esta palabra proviene del inglés “To Lead” que significa guiar. Por consiguiente, Liderazgo: “Es una habilidad humana que permite influir positivamente sobre un grupo de personas a través de los procesos de comunicación, guiándolos y motivándolos a la realización de acciones o actividades entusiastas de forma voluntaria, las cuales resultan necesarias para alcanzar el cumplimiento de uno o varios objetivos específicos”.

Cada una de las definiciones antes expuestas, hacen referencia, de cierta forma, a los principios fundamentales que conforman el concepto de liderazgo. De vital importancia para el servicio en cualquier empresa, y que incluye algunos preceptos arriba señalados como motivación, trabajo en equipo, comunicación efectiva y asertiva, guía, cumplimiento de objetivos, entre otros.

Por tanto, podemos afirmar que el liderazgo es un medio que permite lograr objetivos,    -no un fin en sí mismo-, y que nos ayuda a canalizar las energías de los empleados hacia propósitos comunes de rendimiento, estabilidad, calidad, salud,  sociabilización, comunicación, cumpliendo así el líder con  los objetivos trazados por su organización a corto plazo, es decir la realización exitosa de actividades empresariales dirigidas a la consecución de los mejores resultados.

 

Cabe destacar, que el liderazgo efectivo permite a los líderes convertir obstáculos en oportunidades, en una carrera de fondo donde lo importante es no perder nunca el rumbo ni la perspectiva de alinear las aspiraciones y el bien común de todos los componentes de una empresa, de manera que de una forma u otra participen en las propuestas del programa empresarial, sin que influya en la consecución de estos objetivos factores como los conflictos interpersonales, la edad, el sexo, la nacionalidad, religión, por sólo citar algunos.

Queda de manifiesto que un buen liderazgo en el servicio empresarial es fundamental para una buena integración de todos los trabajadores de la empresa, lo que repercute a su vez en la cuenta de resultados de cualquier organización.


No cabe duda que en estos tiempos de crisis que estamos viviendo a nivel mundial, el liderazgo ejerce una función primordial en numerosas empresas. Es sabido que podemos encontrar líderes positivos o negativos en todas las esferas de la vida, pero  las empresas necesitan un liderazgo efectivo de la persona elegida para llevarlo a cabo y que va desde poseer correctas habilidades sociales, saber planificar y cumplir los objetivos, hasta alcanzar metas a corto, mediano y largo plazo, sobre la base de tener conocimiento sobre el trabajo con grupos, técnicas de negociación y solución de conflictos, tomar decisiones correctamente, motivar a los empleados  para que realicen la actividad, trabajar en equipo y, por sobre todas las cosas, conocer cómo aplicar la comunicación efectiva. En este sentido, una de las reglas fundamentales del liderazgo es que los líderes  sepan planificar las actividades para incluirla en el programa de la empresa, partiendo siempre desde una visión participativa. 

Sin ánimos de ser exhaustivo, a lo largo de la historia los líderes siempre han cumplido con una función esencialmente de guía emocional o racional. Han sido -y continúan siendo-, las personas a quien los demás recurren en busca de la convicción y claridad necesaria para hacer frente a una amenaza, superar un reto o llevar a cabo una determinada tarea. En situaciones límites, el líder es quien mejor sabe encauzar las emociones de un determinado grupo y esto mismo es lo que ocurre en el seno de las empresas, donde el líder orienta, motiva y alienta permitiendo que todos los empleados den lo mejor de sí en cada actividad, conociendo de antemano cuáles son sus motivaciones y necesidades sin olvidar que los seres humanos solo se esfuerzan cuando tienen la posibilidad de ver directamente los resultados, es decir cuando no existe discordancia entre lo que pensaban hacer y lo que en realidad hacen, aunque este equilibrio muchas veces es difícil de conseguirlo. Por ello ese es uno de sus grandes retos. 

Sin embargo, desafortunadamente muchas veces se infravalora el trabajo del líder. Sobre todo por parte de aquellos que no conocen la complejidad de su trabajo. Tras la frase de: “Qué fácil lo tienen”, se desprecia la parte más difícil y sacrificada de esta profesión, que no tiene horarios ni fines de semana, ya que la persona que tiene la responsabilidad de liderar un proyecto comienza a las ocho de la mañana y todavía a las diez de la noche está pensando en cómo rentabilizar y optimizar los balances de la empresa, precisamente para mejorar la actividad económica y garantizarle de una manera proactiva el puesto a su equipo de trabajo.

 

No podemos olvidar el papel que desempeña el contexto en el desarrollo del liderazgo empresarial, porque sin él, todas las decisiones se convierten en una suposición. Los grandes líderes no son necesariamente líderes valientes, sino bien informados.  De manera que de acuerdo a su capacidad para estar al día de la situación de los mercados, de su conocimiento de las tendencias y los perfiles de sus clientes y de su capacidad de de relacionarse con muchas instituciones y personas, depende el alcance y efectividad de sus decisiones.

En este sentido, cabe señalar que la capacidad de dirección del líder condiciona cada vez más la posibilidad de  que el contexto de una empresa lo modele el empresario. Es importante saber en qué ámbito de actuación la empresa optimizará sus operaciones y hay que saber adaptarlo en la medida de lo posible a su desarrollo. Y ahí es donde entra la creatividad. Las empresas con voluntad de definir el futuro son las que más talento atraen, y aportan soluciones nunca antes imaginadas porque dan siempre un paso más allá.

Tampoco podemos dejar de mencionar que para esos líderes, incorporar sus valores en una marca personal claramente definida, les representa una brújula para dirigir la empresa. Lo que equivale a decir que la marca personal es más que la ecuación simplista del nombre de la empresa y cargo. Hay que saber ser original incluso en esto, como carta de presentación del individuo y de la compañía.

Se sabe que vivimos en una era de la globalización donde todos estamos hiperconectados, pero esto, lejos de vincularnos más, hace que en muchos casos se creen barreras infranqueables, trabajando una imagen que no es cierta, que es irreal y nada espontánea. En este contexto, hay que tener olfato y detectar la gente más auténtica, para luego confiar en ellas.

Y es que el combustible de la confianza es la transparencia. Esto no significa compartir toda nuestra información en todos los ámbitos que interactuamos, pero si saber qué es lo que estamos dispuesto a revelar de nosotros y hacerlo de manera verídica. Es lo mínimo que podemos hacer si esperamos lo mismo de los demás.

La palabra clave es la dinamización desde la confianza. En el entorno empresarial de hoy en día, la velocidad asumida desde la cautela y la eficacia es el combustible esencial de las empresas. Los líderes más dinámicos son capaces de tomar decisiones rápidas, pero siempre bien maduradas para conseguir seguir adelante. La innovación es resultado de arriesgarse, no de ser conservador. Y no importa si son solo pequeños pasos, lo importante es saber moverse constantemente. Si cada día hacemos una mejora del 1%, en 50 días habremos doblado nuestra propuesta. Es lo que se conocen como ganancias marginales agregadas.

No se trata de ser a todas horas un dinámico emprendedor. Basta crear un momento de toma de decisiones al día, de dirección del rumbo del negocio, sin buscar la absoluta perfección, sino pensar en crear progreso, aunque algunos días restemos puntos.

 

Las empresas mueren en la búsqueda de la perfección, mientras que algunas ideas que en cierto momento nos hacen retroceder, luego nos dan más fuerzas para sacar adelante un proyecto. Sería un error practicar lo contrario.

No olvidemos que las ideas más creativas necesitan su tiempo, su espacio, pero acaban siendo las mejores.

 

 

(*) Eduardo Pérez. Empresario, gestor empresarial y músico. Destina su tiempo libre a escribir artículos periodísticos en diferentes publicaciones.

 

 


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