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Defender la democracia contra la barbarie terrorista

Publicado en Dossier Opinión
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Por Juan Carlos Sánchez Reyes (*)

 

 

París, cuna de las libertades europeas, ha simbolizado la repulsa de toda la comunidad internacional contra la barbarie terrorista y el nuevo fanatismo que se alienta en su entorno.

 

Más de un millón de ciudadanos, medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo, líderes y fuerzas políticas, destacados representantes de las comunidades religiosas y organizaciones cívicas han salido a las calles de la capital francesa  para defender el estado de derecho y la convivencia frente al acoso del terrorismo.

 

La peor aberración del extremismo islámico es la intolerancia. Por ello, algunos analistas consideran que no basta la movilización cívica para frenar la mano de los asesinos y enemigos de nuestras libertades individuales y colectivas. Pero en este caso, se equivocan. Si bien es verdad que, en buena medida, esa responsabilidad corresponde a los gobernantes y a la eficacia de los servicios y cuerpos de seguridad. La condena visible y categórica de la sociedad en su conjunto tiene más peso que la buena voluntad de los que tienen la responsabilidad de gobernar.

 

Los terroristas insisten en condicionar no sólo la política y la religión, sino los valores democráticos en el mundo. De ahí que hoy la derrota del desafío yihadista u otra forma de terrorismo, pase también, como estrategia inevitable, por la unidad de los demócratas.

 

Los asesinatos de París ponen de relieve que, trece años después del 11-S, la convivencia entre musulmanes y cristianos se ha deteriorado no sólo en EE.UU y en Europa sino también en otros lugares del mundo. No cabe duda que existen serias dificultades de entendimiento entre ambas religiones y tensiones crecientes en los países occidentales donde hay una minoría musulmana que se resiste a aceptar las reglas de la cultura de la integración.

 

El pasado lunes, antes de partir hacia Sri Lanka y Filipinas, el papa Francisco aprovechó el marco de un encuentro con el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede para instar a los líderes políticos y religiosos mundiales, “especialmente a los musulmanes”, que condenen “cualquier interpretación fundamentalista y extremista de la religión que pretenda justificar actos de violencia” como los perpetrados días atrás en París.

 

Está claro. Lo que buscan los terroristas y siguen buscando hoy es dividir y debilitar a los demócratas. La gran mezquita madrileña de la M-30 recibe cada viernes a más de 1.500 personas para la oración. Una red de captación de yihadistas, la Brigada Al Andalus, una de las principales suministradoras de «combatientes» a la organización terrorista Estado Islámico en Irak y Levante (ISIL), encabezada por el ex preso de Guantánamo Lahcen Ikassrien, estableció como principal centro de sus operaciones a este templo musulmán, desarticulada el pasado mes de junio.

 

Lo sucedido en Francia ilustra el problema de la identidad colectiva en las sociedades multiculturales y es reflejo del debate que suscita en esas comunidades la adaptación del Islam a los valores y sistemas democráticos, en la medida en que los sectores fundamentalistas van ganando terreno en el mundo.

 

Sin duda la islamofobia ha crecido, pero también el trauma de las víctimas del islamismo radical --que en muchas ocasiones va más allá del escenario de los ataques terroristas--, como la certeza de que es necesario luchar contra la ignorancia, el oscurantismo y el fanatismo religioso.

 

Nadie debería impedir a otro creyente ejercer libremente su religión, pero otra cosa es hacer propaganda política y defender ideas y valores que chocan contra la democracia y la libertad de expresión.

 

La tolerancia tiene límites y debe fundarse en una comprensión y en un ejercicio de convivencia recíproca. Y en este sentido, España acumula experiencia suficiente como para saber que ninguna forma de terrorismo debe predominar contra los deseos de vivir en paz y en libertad, por amenazantes y reiterados que sean sus zarpazos.

 

Si los extremistas de uno u otro signo ponen en peligro el ejercicio de la convivencia, los responsables políticos deben intervenir sin complejos para hacer frente a estos excesos y defender las libertades inherentes a nuestra cultura y forma de vida.

 

 

(*) Director de CanariasCNNews.

 

 

 

 

 

 

 


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