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La ludopatía ‘on line’ desbanca a las tragaperras Destacado

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Al margen de que haya personas más o menos propensas a los comportamientos adictivos, en el caso de la ludopatía suele aparecer poco a poco, tras la exposición creciente al juego.  Las apuestas on line han conseguido, en sólo un año, situarse a la cabeza como causa de una enfermedad que podría afectar a entre un dos y un cinco por ciento de la población adulta. El fenómeno hace estragos en el país y el perfil del enfermo es cada vez más joven. Sin embargo,  el Gobierno no parece dispuesto a llevar a cabo un estudio epidemiológico. ¿A qué juegan?

 

Redacción CanariasCNNews

 

Alrededor de medio millón de personas padecen ludopatía en España. Esta es la cifra en torno a la cual se mueven los expertos de diferentes universidades y de las  asociaciones donde acuden las personas con problemas de juego para solucionar su adicción. No existen cifras oficiales. Al parecer, el estudio previsto por el Gobierno se consideró prescindible y fue víctima de los recortes. Sin embargo, quienes se encuentran día a día en el frente de lucha contra la enfermedad aseguran que desde que existe juego on line, el número de casos se ha disparado, extendiéndose peligrosamente entre la población más joven.

 

La ludopatía no es un vicio. Es una enfermedad tan peligrosa y destructora como el alcoholismo y la drogadicción, aunque sus consecuencias físicas no sean tan devastadoras a priori. Destruye vidas, familias enteras y puede traer consigo la muerte: los suicidios y la entrada en otras actividades delictivas para saldar las deudas contraídas no son una consecuencia extraña. El ludópata rara vez reconoce su problema antes de haber tocado fondo. Sólo la desesperación suele llevarles a pedir ayuda. La Sanidad pública les redirige entonces a las asociaciones de jugadores en rehabilitación: ni el enfermo ni la Administración  tienen los recursos para atajar por sí mismos el problema.

 

Se trata pues, de un asunto de salud (mental) pública que precisa de mayor atención y de profesionales preparados porque, aunque los grupos de autoayuda y las asociaciones han demostrado ofrecer valores insustituibles, el Gobierno debería, cuando menos, implicarse activamente, cooperando con ellas, aportando apoyo profesional y, sobre todo, contribuyendo con el trabajo de prevención en campañas informativas que acaben por concienciar a la mayoría de que se trata de una enfermedad de graves consecuencias.

 

Desde que en junio de 2012 el Gobierno diera luz verde a las apuestas on line, la curva se ha vuelto alarmante, de forma que en sólo un año de existencia n éstas se han convertido en la segunda forma de juego más importante entre los   ludópatas. Es decir, las máquinas B siguen siendo la primera causa de la enfermedad, con un 82 por ciento de los adictos, seguidas de las apuestas por el juego en Internet, que, con un 9 por ciento, supera ya a otras fórmulas tradicionales como el bingo, los casinos  o las loterías.

 

 

De la ganancia a la desesperación

Lo peor que, seguramente, puede pasarle a un jugador es comenzar con buena suerte y tener ganancias. Esta podría ser, precisamente, la primera fase del desarrollo de la enfermedad.  La persona empieza a jugar por curiosidad, ocasionalmente. Tal vez, por conocer un lugar nuevo o por realizar una actividad lúdica diferente solo o con amigos. Cuando ese espacio resulta agradable y empieza a frecuentarse, el jugador pasa a ser habitual.  Es entonces cuando empiezan a hacerse apuestas cada vez mayores, en la confianza de que se repetirá la gran excitación que le proporciona cada jugada  ganadora. Ese recuerdo se convierte en su motivación. Es la fase de ganancia. 

 

El segundo estadio es el  llamado de  pérdida. Ahora el juego es utilizado como estrategia para recuperar ese dinero que se han ido llevando la banca y los contrincantes. Se ha flexibilizado enormemente acerca de lo que se permite apostar y perder. Ya no importa cuánto se pierda. Sólo cuenta  ganar, recuperar… una misión imposible porque, aun en el de caso de obtener ganancias, la compulsión le llevaría irremediablemente a volver a jugar y perderlo de nuevo. Comienzan los préstamos  pedidos a familiares y  amigos, los agujeros en la tarjeta de crédito, las fuentes ilegales… y las mentiras para tapar un problema que no reconoce.

 

La tercera etapa es la de agotamiento o desesperación. Ya sabe que haga lo que haga perderá, pero ese convencimiento no es suficiente para acabar con su deseo irrefrenable de jugar. A estas alturas el desastre está en ciernes: aparecen los conflictos familiares, las situaciones económicas insostenibles y el jugador está abocado a lo único que, en ocasiones,  le hace  reconocer su enfermedad y pedir ayuda: ha tocado fondo.

 

El acceso a los juegos de azar en Internet permite llegar fácilmente a la experiencia de la ganancia y la pérdida. Es fácil y rápido. No es preciso salir ni dar excusas de dónde se ha estado. Cerrar rápidamente una ventana en la pantalla del ordenador es mucho más fácil que esconder salidas, y para los más jóvenes supone un agujero enorme por el colarse sin supervisión ni  permisos.

 

Canarias no es ajena a este problema. Hay diversas asociaciones y grupos de autoayuda orientados a tratar esta adicción y en algunos casos, como el de Aluesa, también a los aspectos preventivos. En este centro, como en muchos otros,  se reciben al año unas 3.000 solicitudes de información o ayuda. No todas terminan en tratamiento y muchos menos lo completan. En 2013 sólo unos 130 realizaron de principio a fin el proceso de rehabilitación, que dura casi dos años e incluye terapias individuales y de grupo, también para familiares.

 

 


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