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Archivos. Patrimonio de la emigración canaria en América

Publicado en Emigración
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Por Juan Carlos Sánchez

 

El legado canario está presente en prácticamente todos los campos desarrollados por los conquistadores en el Nuevo Mundo, empezando por la agricultura (plantas como la caña de azúcar y la platanera, de origen asiático, son llevadas a las Indias a través de Canarias), siguiendo por la industria, los servicios, la política, la cultura, la medicina, la botánica e incluso las costumbres y los recetarios de cocina.

 

Cuando los españoles comenzaron a establecerse tanto en las islas como en la zona continental americana, no tardaron en criar animales y cultivar plantas que luego podían servirle de alimentos.

 

Se desconoce la fecha y la vía utilizada  -una hipótesis podría ser a través del tráfico de esclavos-, para introducir determinados cultivos en América, pero lo que si se ha probado históricamente es que el ñame africano fue plantado por los canarios en el Caribe, desde fechas muy tempranas.

 

Aparte de este apreciado tubérculo comestible, los canarios llevaron y desarrollaron también en las islas antillanas la crianza del cerdo, la cabra y la oveja, practicando también muchas de las costumbres culinarias relacionadas con la manera de cocinar sus carnes. Por lo tanto, no resulta extraño que actualmente en algunos pueblos de la provincia de Montecristi, República Dominicana, aún se cocine la carne de cabra a la vieja usanza canaria.

 

Los canarios fueron el ejemplo típico del emigrante cuya voluntad era asentarse en las nuevas tierras y poner en práctica las mismas costumbres de sus islas. En Cuba y República Dominicana criaban el cochino y preparaban un plato típico conocido como sancocho (la famosa cazuela tinerfeña), hecho a base de papa, plátano, yuca o ñame, al que se le agregaba alguna carne (sobre todo cerdo), y que con el transcurso de los años se convertiría en el plato nacional dominicano.

 

De hecho, son los isleños, obligados por las circunstancias, los que desarrollan de manera artesanal en todo el Caribe la producción doméstica de grasa a base de cochino (conocida como “manteca de puerco” en Cuba), la que utilizaban para guisar y conservar sus alimentos básicos, una costumbre propia de las zonas rurales.

 

Toda vez que los canarios eran buenos conocedores del arte de cultivar y fermentar el mosto de la vid, a América llegó también parte de las producciones de caldos elaborados en las  islas, incluso se reconoce que fue desde Canarias donde se transportaron las primeras cepas de uva cultivadas en el Perú.

 

Pero no sólo las islas caribeñas recibieron remesas desde Canarias. En un territorio físico adverso y desconocido, probablemente con el afán de utilizar un animal de tiro que necesitara poca agua para subsistir, los conquistadores intentaron llevar camellos desde Canarias y aclimatarlos en los Andes, pero la experiencia resultó infructuosa.

 

Asimismo, si examinamos la terminología de muchas toponimias de América, encontramos numerosos vocablos de origen canario, como es el caso de San Juan de las Galdonas, pueblo venezolano, proveniente de un típico apellido de Güimar.

 

En cuanto a las válvulas de escape que podían aliviar las presiones del trabajo agotador y la lejanía de la tierra amada, los juegos, como otras tantas costumbres sociales, fueron practicados por los canarios en América, entre ellos la pelea de gallos. Y aunque su origen como práctica tradicional se pierde en la noche de los tiempos, algunos historiadores coinciden en señalar que este juego de apuesta de carácter costumbrista, fue probablemente introducido por los isleños en el ámbito del virreinato de la Nueva España, en la que la posesión y cría de gallos era tan importante para el criador como las mismas riñas, necesitando para ello de gallineros o grandes galleras. La cría de gallos conservó siempre el carácter rural de sus inicios, en los que la preparación de los animales para la pelea constituía una verdadera ciencia, necesitada del concurso de maestros galleros, experimentados y responsables.

 

La artesanía, que ha estado vinculada a Canarias desde la más remota historia y que es considerado un sector con valores culturales, etnográficos y económicos fundamentales para el Archipiélago, fue practicada también de manera significativa por nuestros emigrantes en América, y algunas de sus manifestaciones han pervivido hasta nuestros días.

 

En realidad, los primeros artesanos desplazados hacia el nuevo continente se dedicaron a la elaboración de bienes o artículos imprescindibles para el traslado, montaje y construcción de lo que fueron los pueblos, villas y ciudades donde iban a establecerse.

 

De ahí, que la mayoría de las fuentes históricas señalan el importante papel desempeñado por la artesanía de los canarios en América, no sólo vista como una de las principales fuentes de subsistencia del emigrante, sino también como una actividad gremial ancestral y cultural de fuerte arraigo en las islas cuyos valores se transmitieron a los pueblos americanos.

 

La tenería y zapatería, con el uso del cuero como principal materia prima, fueron oficios tradicionales especialmente desarrollados por los canarios en Venezuela y Cuba. Tales labores, a pesar de requerir más aprendizaje que otros oficios, fueron consideradas como actividades socialmente despreciables por blancos criollos y europeos.

 

Por su parte, la carpintería, la fundición, la albañilería y las bellas artes (escultura y pintura) son una excelente fuente de información para conocer el trabajo, las aportaciones y la evolución de la artesanía isleña en América, toda vez que estos oficios fueron por excelencia las actividades artesanales realizadas por los canarios especialmente a lo largo de toda la geografía venezolana.

 

En ellos se constata que los carpinteros de ribera o constructores de acequias, por su gran diversidad y calidad profesional, se convirtieron en toda un referencia en el país, así como el trabajo de la fundición que se consideró un oficio casi exclusivo de familias naturales de Canarias. Concretamente, el desarrollo del oficio de la fundición, cuyo auge estuvo motivado a un tipo de demanda de productos vinculados con una economía, una dinámica social y una forma de vida que aunque ha desaparecido en la actualidad, dejó testimonio de importantes obras artísticas que hoy forman parte del patrimonio de estos países.

 

Como dato curioso, hay que destacar que el conocimiento de estos oficios se fue transmitiendo, de generación en generación, gracias a que muchos artesanos acostumbraban a contraer matrimonio con hijas de isleños, quienes a su vez legaban a sus hijos las técnicas de trabajo, lo cual hizo posible la continuidad de estas labores artesanales.

 

La fabricación de cera, objetos textiles, cerámica y toneles adquirieron también especial relevancia como símbolo de una potente cultura migratoria desarrollada en ciudades y pueblos de Uruguay, Argentina, Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico y Venezuela, en los que se hace patente la profunda huella de la tradición artesana isleña.

 

La provincia cubana de Camagüey confirma este repertorio gremial, con la existencia de numerosos centros alfareros en los que se fabrican aún bernegales y destiladeras cuyo diseño y formas de elaboración fueron aportados por los canarios en la isla caribeña.

 

Como es de suponer, los objetos artesanales no sólo están relacionados con bienes de uso personal, sino también con las manifestaciones sociales y religiosas de la época para la cual se diseñan y se confeccionan.

 

En este sentido, hay que señalar que entre los emigrantes canarios sobresalían auténticos apasionados de la ornamentación y del diseño, quienes introdujeron algunas reformas en la orfebrería venezolana, la cual estaba sólo reservada para pardos y blancos. Entre estos artistas, cabe citar al tallista Luis Antonio Toledo, autor de la célebre Estatua de la Fe de la Catedral de Caracas, así como a Salvador de Hoyo y Guerra, maestro mayor en el arte de la platería a principios del siglo XIX, convirtiéndose el primer artesano en asumir ese cargo en la Casa de la Moneda de Caracas.

 

El desarrollo social alcanzado por las colonias originó nuevas formas de especialización artesanal, lo que supuso a su vez nuevas formas de manufacturas, más sofisticadas y destinadas a un uso concreto, fuera del entorno familiar.

 

Esta demanda de bienes artesanales en la nueva sociedad colonial tuvo como resultado la preparación de artesanos en el medio local.

 

De hecho, el legado de los emigrantes canarios es importante en muchos otros campos profesionales, entre ellos la relojería y la fabricación de instrumentos musicales que sirvieron no sólo para enriquecer el acervo musical venezolano (la variedad interpretativa conocida como malagueña fue introducida por los canarios en el país sudamericano), sino también para mantener vivas las manifestaciones del folclore de un pueblo que a través de sus manifestaciones musicales, mostró la alegría de vivir del emigrante, a pesar de encontrarse alejado de su tierra.

 

Como expresión de su profunda espiritualidad y religiosidad, la emigración canaria estimuló también la artesanía dedicada a la elaboración de obras y objetos religiosos, la cual sobrepasó las cambiantes y procelosas fronteras de poder establecidas entre la Metrópoli y sus colonias para llegar a ser objeto de estudio y admiración por parte de estudiosos en los países americanos.

 

Estas manifestaciones artísticas realizadas al otro lado del Atlántico, mezcladas con el influjo de las culturas nativas, supuso también un puente de intercambio cultural de gran trascendencia, por el que llegó a nuestras islas gran parte de un legado aún no suficiente estudiado. A este grupo de artistas que enriquecieron el patrimonio cultural pertenece la obra de los maestros canarios de carpintería, Mateo Alfonso y Francisco Padrón, emigrados a Venezuela en 1722 y quienes construyeron la capilla mayor de la Candelaria.

 

Dentro de la política monárquica dedicada al desarrollo del diseño urbanístico en sus colonias americanas, se observa también una participación de artesanos isleños en la profesión de la albañilería y en la fabricación de tejas y materiales de la construcción. Sin embargo, fue en la pintura, escultura y el retablo, donde los artesanos canarios consiguieron mayor reputación, hasta el punto de que los expertos se refieren a una escuela canaria en la Caracas del siglo XVIII. La figura cumbre de este movimiento fue, sin duda, el lagunero Domingo Gutiérrez, precursor del  rococó en Venezuela.

 

 

Esta investigación forma parte de un libro de ensayos del autor, en fase de preparación.

 

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