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Juan Francisco de León y la rebelión contra la Guipuzcoana

Publicado en Emigración
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Por Manuel Hernández González (*)

 

Los elevados poderes depositados en los Gobernadores llegaron a convertirse en catalizadores de la rebelión de 1749. Los colonos sospechaban que la Justicia Real estaba siendo subvertida para que los barcos de la Compañía Guipuzcoana, a la que la Corona le había dado el monopolio del comercio de la Provincia de Venezuela en 1728, llevasen cargas de cacao a precios sumamente bajos.

 

Cuando en 1745 su degradación llegó a su punto culminante, Zuloaga creía que se estaba originando una conspiración para provocar la expulsión de esa empresa inspirada por el Conde de San Javier, aliado con los isleños. En primer lugar conviene señalar que los motivos de la marcha sobre Caracas de Juan Francisco de León desde Panaquire en Barlovento, en 1749, tienen pocas vinculaciones con las protestas de las elites criollas. Se precipitó por la decisión del Gobernador Castellanos de enviar como Teniente Justicia Mayor de Panaquire y Caucagua en Barlovento, a requerimientos del Factor de la Compañía, de un empleado de ésta, Martín de Echevarría, deponiendo al herreño Juan Francisco de León. Fue el punto culminante de una ofensiva contra la expansión canaria en la región. Los isleños no aceptaron estar bajo las órdenes de “un teniente ni unos soldados vizcaínos”.

 

Asimismo, debemos de tener en cuenta que los plantadores de primera generación vivían del comercio ilegal por los bajos precios de la Compañía, especialmente desde que el Gobernador Lardizábal, en aquel momento miembro del Consejo de Indias, ordenase en 1735 la prohibición de transportarlo desde Barlovento por mar a La Guaira, lo que suponía unos costes considerables por tierra y la imposibilidad de efectuarlo en la estación lluviosa.

 

El contrabando del cacao

En una década el contrabando pasó de ser sólo un 9´1 a un 39´9% de las exportaciones de cacao venezolano. Es este el quid de la cuestión. Barlovento pudo dar salida a su espectacular crecimiento productivo a través del tráfico clandestino, al prohibírsele desde 1735 sus comunicaciones marítimas y acentuarse la presión sobre sus cultivadores a través de una bajada considerable en sus precios.

 

La rebelión encabezada por Juan Francisco de León puede caracterizarse como un movimiento de protesta abanderado por los pequeños cultivadores isleños de Barlovento que apenas habían comenzado la roturación de sus tierras y sus plantaciones con un reducido número de esclavos y que se sentían víctimas de las restricciones y limitaciones impuestas para dar salida a sus producciones, y de la política hostil de la Gobernación contra sus fundaciones.

 

Vieron en la deposición de León por Martín de Echevarría un claro intento de control del contrabando que había sido la única posibilidad rentable que tenían. El 19 de abril de 1749 el gobernador Castellanos recibe un manifiesto de León en que protesta por el control gubernativo de los vascos. Termina diciendo que “en toda la provincia no ha de quedar de esta raza persona alguna”. Le recibe, trata de contemporizar con él, reniega de las decisiones de un cabildo extraordinario en el que promete indultar a los alzados y suprimir la Compañía y huye a La Guaira. El 10 de mayo, León remite un memorial al Rey, explicando la situación. A comienzos de agosto sitia La Guaira. Logra que Castellanos y la compañía suspendan sus actividades, por lo que regresa a Caracas. La llegada de un nuevo Gobernador, Julián de Arriaga, el 28 de noviembre se traduce en un período de espera, durante el que el ministro Ensenada, tras reunir los informes necesarios, prepara el empleo de la fuerza militar. En ese interregno, el gobernador se enfrenta a un nuevo motín ante los rumores de reimplantación de la Compañía. Se elige a Felipe Ricardos para proceder a la represión. Llega a la Guaira el 21 de mayo de 1751 con 600 hombres de infantería. Sus órdenes son detener a los dirigentes de la rebelión, restaurar la Compañía y crear una junta para fijar los precios del cacao. Una nueva revuelta es reprimida. León huye y se entrega sin esperanzas a principios de 1752. Entre los detenidos, el isleño Andrés Rodríguez Betancourt fue pasado por las armas, y el mulato Juan “Muchingo” y el zambo Raimundo Romero ahorcados.  El 5 de febrero su casa es arrasada y sembrado su solar de sal, se le incautan sus propiedades y se le remite con sus hijos y otros cabecillas a España donde fallece. Una afrenta que perpetuaba su vilipendio sólo levantada en 1811 por el diputado de obras públicas el santacrucero Rodulfo Vasallo.

 

Alcance del movimiento insurreccional

Mucho se ha escrito sobre el alcance y planteamientos políticos de la rebelión de 1749.  No cabe duda que no fue un movimiento insurreccional contra la Monarquía, sino que obedecía al propósito de destruir el monopolio de la Guipuzcoana y la hegemonía vasca en la Provincia. Aunque contara con mayores o menores simpatías entre la elite criolla, fue esencialmente un movimiento capitaneado por los pequeños cultivadores, aquéllos que más perjudicados habían sido por su política y que veían en ella la negación de su supervivencia como hacendados. Debemos de tener en cuenta este hecho, porque si no entenderíamos el porqué de que un sector isleño ligado por intereses mercantiles a la Compañía, le prestó a ésta un apoyo incondicional. Entre ellos podemos citar al comerciante palmero Francisco Smalley, al Contador de la Real Hacienda, el lagunero Lorenzo Rosell de Lugo y al dueño de recuas de mulas y mercader el icodense Juan Martín de Alayón. Buena parte de los mercaderes isleños tuvieron estrechas relaciones con la empresa monopolista como era el caso de los Núñez de Aguiar, los Mora, los Rodríguez Camejo o los López Méndez, unidos por lazos de consanguinidad. A tal grado llegó que no puede resultar sorprendente que María Josefa Mora, hija de los buenavisteros, Juan José Mora e Isabel García  y hermana del regidor perpetuo José Hilario Mora, fuese la mujer del célebre Martín de Echevarría y del comerciante vasco Juan José Echenique, ni que los mayores propietarios de Panaquire, los laguneros Juan Rodríguez Camejo y Clara González Tejera mantuvieran activos negocios con Echevarría y la Guipuzcoana y que su nieta y heredera María de la Encarnación contraje nupcias con el capitán vasco Fermín de Echevarría. Ni que Antonio Díaz Padrón, mercader cabecilla de la rebelión, y después traidor y perseguidor de León, fuera premiado con el Tenientazgo de Guarenas y con el grado de capitán y que sus hijas enlazasen los oligarcas granadilleros Paz Castillo.

 

Consciente o inconscientemente los pequeños plantadores isleños percibían que los cambios a la larga les abocarían a convertirse en asalariados de la elite caraqueña y les obligaría a abandonar su sueño de convertirse en hacendados. Nicolás de León había precisado en Caucagua en 1751 que “nos toca la obligación de defender nuestra patria, porque si no la defendemos seremos esclavos”. Algunos de los postulados de Ensenada parecían recomendar la política de clemencia de Arraiga, pero al final la que se ejerció fue la de la fuerza.

 

Eslava, antiguo Virrey de Nueva Granada, creía demostrada la no identidad de intereses entre los mantuanos y las clases bajas isleñas, por lo que la lealtad de las elites estaba garantizada. Por ello la Compañía debería cambiar de nombre, llamarse de Caracas e integrar a los hacendados, a imagen y semejanza de la habanera. Álvarez de Abreu exigía medidas enérgicas, porque ninguna insurrección había sido pacificada por medios suaves. La sal sobre la casa de León mostraba su diabólica maldad. La cabeza de un mulato, un zambo y un isleño en su puerta era expresiva de su desobediencia ante el Rey. Para los pequeños plantadores canarios y los blancos pobres. La consecuencia racial del error de León era haber puesto en duda su autoridad sobre los negros. Su más significativo resultado fue el haber establecido con claridad los límites entre los mantuanos y los pequeños plantadores. Se había frustrado su sueño de convertirse en hacendados. Eran conscientes de que las elites abandonaron el movimiento cuando vieron que era más que una demostración de descontento. La represión de Ricardos se centró sobre las clases bajas. Se pudo ver como las familias ricas de Caracas establecieron un modo de vida que les mantuvo dentro de su status y riqueza. Al mismo tiempo los estratos intermedios vieron que el declinar de su estilo de vida les llevaba a elegir entre ser vagabundos o trabajar como asalariados en las haciendas de otros. Aquéllos cuya situación era similar a la de León antes de 1749 miraron a las elites con resentimiento e ira en las décadas subsiguientes. La grieta fue permanente, como pudo reflejar la actitud de los isleños de clases bajas  y el proletariado rural en 1810.

 

(*) Por Manuel Hernández González. Profesor de la ULL, periodista, historiador y autor de numerosos libros sobre la emigración canaria en América. Actualmente es director del CEDOCAM.

 

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