Usted está aquí: HomeESPECIALESLos expertosInternet y el derecho a la intimidad

Internet y el derecho a la intimidad Destacado

Publicado en Los expertos
Valora este artículo
(1 Voto)
Lo expertos coinciden en señalar que no se nos permite saber exactamente qué información sobre nosotros está siendo almacenada, compartida o usada para anuncios o para otros propósitos. Lo expertos coinciden en señalar que no se nos permite saber exactamente qué información sobre nosotros está siendo almacenada, compartida o usada para anuncios o para otros propósitos.

 

¿Hasta dónde conocemos lo que se sabe de nosotros en las redes sociales? ¿Conoce usted lo que hace internet con nuestra intimidad? El debate está servido. La aceptación de invitaciones por parte de los usuarios bajo el nombre de “me gusta”, “cookies” y “acepto”, sin excesivos reparos, con tal de obtener informaciones y servicios supuestamente gratuitos que nos ofrecen todos los días en la Red, confirma que no dedicamos demasiado tiempo a preservar nuestra privacidad. En cualquier caso, lo que no se puede olvidar es que la confidencialidad de las comunicaciones es uno de los derechos fundamentales protegidos por la Constitución.

 

 

CanariasCNNews

 

 

El desarrollo de la tecnología ha propiciado en cada momento una mejora sensible de las condiciones de vida y, en consecuencia, ha favorecido el progreso tanto en la mera obtención de bienes como en la estabilidad social. No obstante, a ese saldo sin duda positivo hay que añadir en ocasiones otros aspectos que no redundan precisamente en beneficio y que resultan efectos colaterales inicialmente ni siquiera previstos o concebidos.

 

Un ejemplo actual de ese razonamiento lo representa la expansión de Internet en todos los sectores y en cualquier ámbito. Las ventajas de esta herramienta son inmensas y no cabe discusión acerca de los réditos que produce la posibilidad de abrir una ventana al mundo en un momento determinado para acceder a un interminable caudal de información. Se ha llegado a afirmar que se trata del mejor invento de la humanidad después de la rueda, una aseveración que algunos considerarían pretenciosa y otros muy cercana a la realidad.

 

En todo caso, donde no hay ningún tipo de discusión es en las bondades de un sistema que ha venido a facilitar en grado sumo multitud de actividades cotidianas en prácticamente cada terreno. No obstante, esa sencillez para alcanzar el conocimiento en una fuente también se presenta cuando somos nosotros los que nos convertimos en objeto de escrutinio. Y ello se da de modo significativo en las redes sociales y, en general, en aquellos medios en los que figuramos como otra más de las innumerables referencias accesibles a cualquier persona interesada.

 

Una consecuencia clara de ello se traduce en la pérdida de intimidad, algo que no es posible preservar cuando en cualquier momento alguien decide saber de nosotros y nuestras actividades, sobre todo cuando su objetivo no se limita a la simple curiosidad sino que busca otros fines más oscuros. Y es que resulta muy fácil para prácticamente cualquier persona no especialmente avezada realizar determinadas operaciones para llegar a elementos que podríamos considerar sensibles relacionados con nuestra privacidad.

 

Como siempre ha ocurrido, estas circunstancias pueden ser explotadas por aquellos decididos a aprovecharlas en beneficio propio e, incluso, en perjuicio ajeno. Desde el ámbito político hasta el empresarial hasta simplemente el más mundano es posible hallar gentes dispuestas a llegar hasta cualquier punto con tal de hacerse con datos relacionados con su adversario, competidor o sencillamente objeto de curiosidad. Y pueden encontrar cualquier cosa porque en Internet todo, o casi, permanece expuesto constantemente.

 

Jeff Jarvis, profesor de Periodismo de la City University de Nueva York (CUNY) y autor de “Partes privadas. Privacidad en Internet (Gestión 2000, 2012), en una reciente entrevista al diario `El País´ ha manifestado su preocupación sobre la actitud desidiosa que manifiestan los gobiernos al respecto. “Se presentan como los mejores protectores de la privacidad cuando en realidad son su peor enemigo. Pueden reunir, como nadie, información sobre nosotros y usarla en nuestra contra. Como norteamericano, siento lo que mi Gobierno ha hecho. También creo que, a veces, lo que llamamos entregar la privacidad es en realidad hacer una transacción”.

 

Este bloguero de referencia, reconocido también por su obra “El fin de los medios de comunicación de masas”  (Gestión 2000, 2014), advierte que “cuando compro un libro en Amazon, saben lo que compro y me recomiendan en función de lo que me gusta: eso añade valor. Cuando la NSA robó información de la gente, era algo de lo que no se era consciente y sobre lo que no se podía tener control”.

 

Ya han surgido, de hecho, numerosos conflictos por ese motivo. Personas que desean detraer de la exposición pública datos relativos a su existencia, comprueban como ello no es posible y una y otra vez cuestiones que preferirían ocultar surgen a cada paso para perjudicarles o desprestigiarles. Parece como si el llamado derecho al olvido no existiera para ellos y cualquier paso dado en un momento anterior se mantuviera presente sin posibilidad de enterrarlo en el pasado.

 

Nicholas Carr, finalista del Premio Pulitzer con Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?(Taurus, 2011), sostiene que “en la parte práctica hay un desequilibrio de poder de modo que no somos conscientes del alcance que tiene la violación de nuestra privacidad cuando estamos conectados. En otras palabras, no se nos permite saber exactamente qué información sobre nosotros está siendo almacenada, compartida o usada para anuncios o para otros propósitos. Ese desequilibrio de poder nos deja abiertos a la manipulación y a la explotación. Y esto ocurre con compañías comerciales que nos craquean y con Gobiernos que nos siguen la pista secretamente”.

 

El autor de “Atrapados: Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas” (Taurus, 2014), considera que en términos filosóficos, “se está perdiendo un espacio privado en nuestras vidas, no somos tan libres para pensar de un modo distinto”. A su juicio, por el mero hecho de estar expuestos, “estamos permanentemente componiendo una imagen pública en vez de explorar nuestros pensamientos y sensaciones, lo cual nos hace menos interesantes. Pensamos demasiado en cómo nos ven los demás, podemos contar los Me gusta, somos demasiado conscientes del atractivo de nuestra imagen pública, nos obsesionamos con ello y se produce un estrechamiento de nuestra identidad por estar constantemente exhibiéndonos”.

 

La cosa se agrava cuando no está clara la jurisdicción encargada de dirimir este tipo de casos porque Internet y sus medios son globales y están radicados en diversos países con legislaciones diferentes. Resulta evidente, por tanto, que se hace necesaria una normativa general que garantice el acceso a la información y el derecho de cada cual a preservar su intimidad sin temor a sobresaltos. Ese ha de ser el objetivo.

 

No cabe duda que uno de los síntomas de nuestra época es la inmediatez. El derecho a la democratización de la información, comienza a establecer patrones de exigencia en la que parecen más útiles los datos que las interpretacione. Lo que nos lleva a suponer que es más democrático participar que delegar.

 

En España se plantea otro debate: el de la conveniencia o no de “matar” al mensajero o al intermediario. ¿Qué podría ser más fiable un filtrador o un periodista, un aficionado o un profesional, las ONG y la portavocía de los activistas sociales o los Gobiernos. No resulta extraño entonces que el mayor desprecio vaya dirigido a quien ostenta el ejercicio de la mayor mediación: la clase política.

 

La periodista, Marisol Soto Romero, hace especial hincapié en que la mayoría de nuestras operaciones en internet dejan un rastro digital que nos identifica, lo que pone en cuestión el equilibrio entre la privacidad y la seguridad. En este sentido, la experta pone como ejemplo el Big Data, ese enorme volumen de información que contiene algo tan personal como nuestro comportamiento y que ya están recogiendo los estados y las corporaciones. "Todos esos datos masivos, una vez procesados, ofrecen patrones con los que se pueden hacer predicciones y por tanto tomar decisiones en base ellas, con todas las ventajas y riesgos que ello entraña", señala.

 

Las sociedades necesitan para garantizar una mínima solvencia: mediación, profesionalidad y representación. El enorme desarrollo de Internet exige respuestas de participación y de investigación proporcionadas a los riesgos que circulan por la Red, un campo en el que existe un gran vacío legal al respecto, sobre todo frente a las diferentes formas de espionaje por medio de teléfonos y de Internet que se siguen practicando y que generado suficientes escándalos en el mundo democrático.

 

En cualquier caso lo que no se puede  olvidar es que la confidencialidad de las comunicaciones es uno de los derechos fundamentales protegidos por la Constitución.


 

 

 



Construcciones CAMAN 
 
 

 



Plusultra

 

 

Contáctenos

  • Email: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
  • Website: http://www.canariascnnews.com