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Teide y fumarolas “rugientes”

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Teide y fumarolas “rugientes” La gran masa del Teide

Por Vicente Jordán Hernández (*)

 
Aunque ya haya llovido sobre mojado y la cosa en sí carezca de mayor importancia, a título de simple curiosidad y a los efectos de que tan extraño suceso no quede relegado o perdido en el olvido, nos permitimos ahora airearlo y refrescarlo, para que al menos quienes pierdan algún tiempo leyendo estas líneas, comprueben el alcance y fuerza de la capacidad imaginativa que en algún momento puede desarrollar un ente humano, provocando con “su originalidad”, el asombro, la risa, el espanto o la ira de sus congéneres. Entre mis papeles se encuentran algunas notas y apuntes que, ordenados, pueden servir para abrir paso a la siguiente croniquilla:

 

Aprovechando las cortas vacaciones de la semana Santa  del año 1965, nos reunimos algunos amigos de la peña y pasamos en Las Cañadas unos días agradables que nos sirvieron para realizar algunas excursiones. El tiempo, como por los altos parajes es habitual, despejado y sin una nube que empañara el puro azul celeste. Las noches, clarísimas bajo la luz de la luna llena, que rebrillaba alumbrando el extenso retamar y las rocosas montañas circundantes, Teide incluido.

 

Y lo que son las cosas: precisamente el viernes, día 16, que en un ambiente de camaradería coronábamos el Alto de Guajara, en esa misma fecha, digo, el Sr. Martín Díaz, de la isla hermana, sufrió de alucinaciones  al  “contemplar desde los pinares de Tamadaba, como surgían de nuestro Teide fumarolas de más de 500 metros de altura, al tiempo que la tierra, en aquellos parajes, retemblaba y rugía bajo sus pies”. Y así de sencillo cundió esta sorprendente noticia que traspasó velozmente el ámbito insular y saltó afuera, cruzando el charco y publicándose en algún importante diario de la capital de España. Algo parecido sucedería años más tarde con aquella terrible plaga de los “alacranes” acechantes bajo las rubias arenas de las Teresitas…

 
Por nuestra parte, pudimos contemplar ese mismo día con bastante precisión desde el Alto de Guajara, las siluetas de las islas menores de nuestra provincia -Palma, Gomera y Hierro- y también, ¡cómo no!, la de Gran Canaria, donde el visionario Sr. Martín Díaz se hallaría –suponemos- presa del pánico, impotente ante el cataclismo geológico que vivía y sufría en aquellos -para él- tan amargos instantes.

 
Desde la cima del Guajara y protagonistas de excepción teníamos ante nuestra vista amplias panorámicas para contemplar a ambos lados de sus vertientes: por una de estas las dilatadas extensiones de las tierras del Sur, con sus pueblecitos, pinares y extensas playas; por la otra, nuestras incomparables Cañadas, rebosantes de retamas próximas a florecer, y el cresterío de montañas de gran altura y alto grado de erosión; frente a nosotros, la gran mole del Teide y, bajando la vista, unas edificaciones que semejan casitas de juguete: tales, la casa del médico, la choza de Julián, el Sanatorio y casi a nuestros pies el Parador, con el puntito brillante anejo de su piscina.

 
No esperábamos  -lo que no se espera, más se agradece-  encontrar en la ladera próxima a la cima del monte, una primera matita de violetas, a la que siguieron de forma inmediata otras, y otras, hasta llegar a formar un campo florido, bien protegidas de la brisa por pequeñas rocas, o amparadas por otros matojos. Guardamos, por todo ello, un grato recuerdo de los escasos días que por aquellas fechas pasamos por el “techo de la isla”, donde todo: la soledad; el paisaje; la quietud; el aire ligero y seco, obra en nuestra naturaleza como un sedante, en contraste, como se ha visto, con los extraños y calientes vientos que soplaban por Tamadaba, trastornando de tal guisa al visionario Sr. Marín Díaz.

Bajamos ya de este monte rico en huellas y leyendas, no sin haber bebido una vez más un trago de sus límpidas y puras aguas, que brotan de sus fuentes.

 
Más tarde nos ocuparíamos ya de la recogida del campamento y tomaríamos los vehículos que nos habrían de retornar sin más novedad a la civilizada “city”.

 

 

(*) Vicente Jordán Hernández. Caricaturista, investigador y cronista. Sus artículos han aparecido en la prensa canaria. Fue miembro de la “Peña Baeza”.

 

 

 

Referencia editorial:

"Tenerife a pie"

Autor: Vicente Jordán Hernández

Editado en 1985 por el Cabildo de Tenerife

Serie Blanco y Azul

275 páginas

Litografía Romero

 

 

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