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Bocas de Tauce- Chinyero- Ruigómez

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Escobones, resiembra de pinos; a lo lejos la joroba del Chahorra y el cono teideano Escobones, resiembra de pinos; a lo lejos la joroba del Chahorra y el cono teideano

Por Vicente Jordán Hernández (*)

Nos encontramos por un lugar de los alrededores de las Bocas de Tauce. La excursión la vamos a iniciar en la tarde de un sábado del mes de mayo de 1965, y en una primera etapa nos llevará a un lugar del monte equidistante al Chinyero, en cuyos alrededores pernoctaremos.

No es extraño en la estación primaveral que nuestras primeras impresiones las recibamos a medida que caminamos, observando, por ejemplo, el acusado contraste entre los vivos y brillantes colores del abundante codeso, contra los tonos obscuros de las lavas y arenas que pisamos. Podemos ver ya, a nuestra izquierda, la montaña de Chasogo, en cuya loma se yergue un espigado pino. Unos minutos de indecisión nos abocan a internarnos durante prolongado tiempo en un maldito mar de lavas, terrible obstáculo para el narrante, mientras otros compañeros más afortunados sortean los peligros de una fortuita caída con suma agilidad y ligereza.

Pasando el amargo trago de las erizadas lavas, hollamos ahora otros terrenos semidesérticos, en los que no se aprecia siquiera un atisbo de vida vegetal, pero, más abajo, frente a nosotros, están allí para que las veamos las montañas de La Botija y Montaña Reventada; en lo alto, como corresponde, unas singulares vistas del cono teideano, que a veces se nos esconde tras la imponente joroba del Chamorra, para reaparecer de nuevo mostrándonos su agudo capacete. Muy abajo y lejanos, los acantilados de Teno; en el horizonte, la difuminada silueta de la isla colombina.

Debemos internarnos ahora por terrenos proliferantes en aromático poleo y se aprovecha la ocasión para hacer buen acopio de la yerba medicinal. Unos pasos más y ya a nuestro lado los primeros pinos. Ojeamos el lugar, muy apropiado para asentar el pequeño campamento. No se pierde el tiempo y se montan las tiendas, con mullido piso por la abundante pinocha sobre la que colocamos los sacos de dormir. Con el sopicaldo que nos preparó “padre” Paco y algunos bocadillos y fruta, se soluciona la cena. Después, silencio, en una templada noche en la que ya se presiente el verano. Algún mosquito deja oír su agudo clarinazo, pretendiendo succionar clavando su fina trompetilla en alguna epidermis y abrir los ojos el atacado para ahuyentar al molesto díptero ve con asombro como cruzan la bóveda celeste dos satélites, y mas tarde, otro, posiblemente el Pájaro del Alba.

Poco antes del amanecer, se perciben voces lejanas, que al acercarse identificamos como conversaciones entre arrieros, por el peculiar y sordo sonido que producen los cascos de sus mulas. Van hablando de sus problemas, sonando clarísimas sus voces, propagadas, suponemos, por la pureza de la atmósfera que respiramos. El trinar de los pájaros mañaneros y el rumor de la brisa en el pinar al romper el nuevo día. Cabrillean los rayos solares filtrados por entre las agujas de los pinos en la faz de algún dormilón que aún se resiste a ponerse en pie. Por fin, ya todos levantados se prepara el desayuno y se recoge el campamento. Van ya de regreso, a una distancia como de cien metros de nosotros, los arrieros con sus mulas. Mulas que llevan sobre sus lomos abundante carga de retama …

Comenzamos la segunda etapa en dirección al Chinyero. Vamos en fila india por senderillo cubierto principalmente por millares de piñas caídas de tanto pino canario. Montañas del Cascajo, de los Guirres, de la Corredera; subimos a media ladera de la montaña de los Poleos, desde donde se aprecia una sugestiva vista del renegrido cráter del Chinyero, con pinceladas rojas, cuya erupción, precedida durante un tiempo por soterrados ruidos y temblores, tuvo lugar, siendo la última ocurrida en la isla, en el año 1909.

Continuamos bajando y atravesamos ahora un sendero abierto entre las negras lavas del volcán, al que nos vamos acercando hasta tenerlo entero –negro y rojizo- ante nuestra vista. Merodeamos algún tiempo por su contorno e incluso ubicamos su cráter, para luego proseguir por una tétrica zona de arenas negras, de rocas muertas. Más abajo, va cambiando el paisaje y la tierra admite algunos matojos, alguna matita de florecillas silvestres. Por ciertos lugares, resiembra de pinos. Llegamos junto al canal de Vergara y nos detenemos; hay que preparar el almuerzo. Se recoge leña, se enciende el fuego y mientras se van sancochando las papas se prepara la ensalada. Después de comer y sin más demora, a cubrir la tercera y última etapa –contra reloj- ya que pretendemos llegar a tiempo para tomar en Ruigómez la guagua hacia Icod, para enlazar con la del Norte que nos reintegraría a la ciudad.

Camina que te camina hasta cruzar incluso por un monte absolutamente talado. Más abajo, a nuestra derecha, una pared a la que se adosa un rústico Calvario. Inopinadamente, el canto de un gallo muy seguido de un sonoro rebuzno, y ya, a dos pasos, San José de los Llanos que en ese día identificamos con toda propiedad como San José de “los canes”, dada la extraordinaria abundancia de ellos que nos salieron al encuentro a nuestro paso por su calle. La gente, muy amable, nos señala el sendero, cubierto de florecidas hierbecillas silvestres, que nos llevaría en una media hora más de marcha hasta Ruigómez, donde al fin pudimos recalar quebrantados y sudorosos, pero con el corazón alegre.

 

(*) Vicente Jordán Hernández. Caricaturista, investigador y cronista. Sus artículos han aparecido en la prensa canaria. Fue miembro de la “Peña Baeza”.

 

 

 

Referencia editorial:

"Tenerife a pie"

Autor: Vicente Jordán Hernández

Editado en 1985 por el Cabildo de Tenerife

Serie Blanco y Azul

275 páginas

Litografía Romero

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