La figura de Ángel Rivero Méndez encarna la tradición de los canarios que sirvieron a la corona española como militares, funcionarios y colonizadores en el Caribe y América durante los siglos XIX y XX. Llegado a Puerto Rico como oficial del ejército español, Rivero fue testigo y protagonista del fin del dominio español sobre la isla, un proceso que se desarrolló en pocas semanas durante el verano de 1898.
El Tratado de París, firmado en diciembre de 1898 tras la derrota española en la guerra hispanoamericana, cedió Puerto Rico a los Estados Unidos junto con Cuba, Guam y Filipinas, poniendo fin a cuatro siglos de presencia española en el Caribe. Para los oficiales españoles que habían dedicado su vida profesional a servir en esas colonias, el tratado supuso no solo la pérdida de su destino sino el fin de un mundo que conocían y en el que se habían formado.
Crónica del sitio de San Juan
La obra más importante de Ángel Rivero Méndez es su Crónica de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico, publicada en Madrid en 1922. El libro reconstruye con detalle los episodios del conflicto de 1898 desde la perspectiva de un oficial español que participó directamente en la defensa de San Juan frente al bombardeo naval estadounidense.
La crónica de Rivero es un documento de primera mano de valor histórico excepcional: describe las condiciones del asedio, las decisiones militares de los defensores, el estado de ánimo de la población civil y las negociaciones que precedieron a la cesión. Su testimonio, escrito con el distanciamiento que proporcionan los años transcurridos desde los hechos, es una fuente imprescindible para los historiadores que estudian el fin del colonialismo español en el Caribe.
La huella canaria en Puerto Rico
La presencia de canarios como Ángel Rivero Méndez en Puerto Rico es parte de una historia más amplia de migración y servicio que vinculó al archipiélago canario con las Antillas durante siglos. Los canarios llegaron a Puerto Rico en distintas oleadas: primero como colonizadores enviados por la corona durante el siglo XVII para reforzar la población de la isla, luego como comerciantes y agricultores durante el siglo XVIII y finalmente como militares y funcionarios que administraron la colonia hasta 1898.
Esta presencia histórica dejó una huella lingüística y cultural perceptible todavía hoy en el español de Puerto Rico, que comparte con el canario numerosos rasgos fonéticos, léxicos y prosódicos que los lingüistas han documentado y estudiado como evidencia de ese contacto secular entre las dos comunidades insulares.