Historia

El comercio canario-americano en el siglo XVIII: historia de un intercambio atlántico

Las Islas Canarias ocuparon durante el siglo XVIII una posición estratégica en las rutas comerciales del Imperio español que conectaban la metrópoli con las colonias americanas. Su situación geográfica —a 1.500 kilómetros de la costa africana y en la ruta de los vientos alisios que impulsaban los veleros hacia el Caribe— las convirtió en una escala obligada y un punto de abastecimiento fundamental para la navegación transatlántica.

La participación de Canarias en el comercio atlántico no fue un fenómeno espontáneo sino el resultado de una política deliberada de la corona española que concedió al archipiélago derechos comerciales específicos con las Indias. El Reglamento de Libre Comercio de 1778, que liberalizó parcialmente el comercio colonial y puso fin al monopolio gaditano, fue especialmente favorable para los puertos canarios, que pudieron comerciar directamente con un número creciente de colonias americanas.

Los principales productos de exportación canarios hacia América eran el vino —especialmente el malvasía de Lanzarote y el moscatel de Tenerife, muy apreciados en los mercados caribeños y rioplatenses—, el aguardiente, la orchilla (un liquen utilizado como tinte), los cereales en años de buena cosecha y una variedad de manufacturas artesanales. A cambio, los barcos canarios regresaban cargados de cacao venezolano, tabaco cubano, cueros rioplatenses y plata mexicana.

Los puertos canarios en el comercio atlántico

Los puertos de Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de La Palma fueron los principales nodos del comercio atlántico canario. El puerto de Santa Cruz de Tenerife era el de mayor actividad, especialmente tras la construcción del castillo de San Juan Bautista y las mejoras en las instalaciones portuarias realizadas a lo largo del siglo XVIII.

La posición de Canarias como escala atlántica generó una economía de servicios portuarios que complementaba el comercio de mercancías. Los comerciantes canarios ofrecían aprovisionamiento de agua, víveres y pertrechos a los barcos que hacían escala en su camino hacia América o de regreso a España. Esta función de abastecimiento atrajo a marinos, comerciantes y emigrantes de distintas procedencias que animaban la vida económica y cultural de los puertos canarios.

La emigración como complemento del comercio

El comercio atlántico y la emigración canaria hacia América fueron fenómenos estrechamente ligados durante el siglo XVIII. La corona española utilizó la emigración canaria como instrumento de colonización y repoblación de territorios americanos que necesitaban mano de obra, en particular las regiones costeras de Venezuela, Cuba, Puerto Rico y Uruguay.

Así, los mismos barcos que transportaban mercancías entre Canarias y América llevaban también a los emigrantes que construirían nuevas vidas al otro lado del Atlántico. Muchos de ellos mantenían vínculos comerciales con sus familias en las islas, enviando remesas y encargos que reforzaban los lazos económicos entre Canarias y América.

El legado histórico

El comercio canario-americano del siglo XVIII dejó huellas profundas en la historia económica, cultural y demográfica del archipiélago. La riqueza generada por ese comercio financió la construcción de iglesias, palacios y obras públicas que todavía pueden admirarse en La Laguna, La Orotava y Las Palmas de Gran Canaria. La presencia de palabras canarias en el español de Venezuela, Cuba y Uruguay, así como los apellidos canarios que se encuentran en los registros civiles de esas regiones, son el testimonio vivo de ese intercambio atlántico que definió durante siglos la identidad del archipiélago.