Los vínculos entre las Islas Canarias y el extremo sur de América son más profundos y antiguos de lo que sugeriría la distancia que separa a los dos territorios. Las rutas de navegación del Imperio español en el Atlántico Sur pasaban regularmente por los puertos canarios, y muchos de los marineros y colonos que se embarcaban hacia el estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego provenían de las islas o habían hecho escala en ellas.
El topónimo Cerro Tenerife en la Patagonia chilena es uno de los vestigios de esa presencia histórica. La montaña, de perfil irregular y paisaje de estepa fría, fue bautizada por navegantes o colonizadores que la compararon —quizás por el perfil volcánico o por simple nostalgia— con el Teide y las tierras que habían dejado atrás.
La emigración canaria hacia el cono sur
Aunque la migración canaria hacia América se dirigió principalmente hacia Cuba, Venezuela y Puerto Rico durante el siglo XVIII, una corriente menos numerosa pero igualmente significativa apuntó hacia el Río de la Plata y el cono sur del continente. Los colonos canarios que llegaron al actual Uruguay durante el siglo XVIII —especialmente a Montevideo y la campaña bonaerense— dejaron una huella lingüística y cultural perceptible todavía hoy.
La conexión chilena es más tardía y está ligada principalmente al siglo XIX, cuando la colonización de las regiones australes de Chile atrajo a emigrantes europeos de distintas procedencias. Los canarios, con su tradición marinera y su experiencia en territorios volcánicos y de clima extremo, se adaptaron relativamente bien a las condiciones de la Patagonia y la Tierra del Fuego.
Geografía compartida: volcanes y atlántico
La comparación entre Tenerife y la Patagonia puede parecer paradójica —una isla subtropical frente a una región subantártica— pero existen conexiones geológicas y atmosféricas reales entre los dos territorios. Ambos están modelados por el volcanismo: el Teide en Tenerife y los volcanes de los Andes patagónicos son expresiones del mismo proceso tectónico que domina los márgenes del Atlántico y el Pacífico.
El Atlántico, que baña las costas tanto de Canarias como del extremo sur de América, fue el océano que conectó a los dos territorios durante siglos de navegación. Las rutas que los barcos españoles y más tarde los veleros de distintas banderas seguían entre Europa y el Pacífico pasaban por latitudes que van desde los alisios tropicales de Canarias hasta los vientos del oeste que soplan sin interrupción en la Patagonia. Tenerife estaba, en cierto sentido, en el camino de cualquier navío que se dirigiera hacia el sur del mundo.